El papel del Estado

URUGUAY  –  

Carrasco

Por Pablo Carrasco, especial para El Observador

¿Qué debería hacer el Estado por la ganadería, preguntó con picardía el moderador de una mesa redonda en ocasión de una de las multitudinarias reuniones de la UPIC hace ya un par de años. ¡Nada! Respondió el ingeniero Álvaro Simeone, “dejar trabajar al productor tranquilamente”. El ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca se puso como el pato Donald frente a semejante respuesta y espetó la misión, la visión y las toneladas burocráticas que puede presentarse como prueba de su activismo estatal.

Todos habíamos entendido lo que quiere decir “nada”, pero la reacción del ministro impidió profundizar lo que habría sido una rica discusión. La discusión era el papel del Estado y no del Ministerio de Ganadería. El ministro estaba allí en su doble condición de cabeza de un ministerio e integrante de un Poder Ejecutivo, y solo respondió como ministro.

El agro ya no debe esperar novedades o propuestas del Ministerio de Ganadería, sino del Ministerio de Relaciones Exteriores o del Ministerio de Economía. El MGAP funciona bien con lo que son sus actividades históricas, estas incluyen las políticas sanitarias, regulaciones varias y todo lo que ya sabemos. Si quisiéramos exagerar diríamos, como Albert Einstein, que el MGAP cumple perfectamente su función, el problema es que su función no tiene hoy la trascendencia que imagina el ministro.

Por poner solo un ejemplo, la gestión del MGAP, y en particular de los técnicos de sanidad animal, consiguió la apertura del mercado de Corea del Sur para nuestra carne. Esto, que podría haber sido un cambio en la posición comercial del país, terminó en algo intrascendente debido a que el arancel de esa exportación es del 40% y compite con la carne australiana que ingresa con arancel cero.

La visión de nuestro canciller parece tomar nota de aquello que es central y aquello que es accesorio cuando denuncia que dos tercios de nuestras exportaciones pagan aranceles y que estos suman 600 millones de dólares. En el caso particular de la carne vacuna, es importante saber que el dinero que cobra la aduana de Estados Unidos duplica las ganancias de criadores, invernadores y frigoríficos sumados.

Los US$ 600 millones son la punta de un iceberg, ya que todos intentamos exportar al menor valor para que el arancel muerda su porcentaje sobre un precio, que debe ser lo más bajo posible. ¿Cuál es la consecuencia? Que todo valor debe agregarse luego de atravesar la frontera.

El porcionado, envasado, etiquetado, mezclado, adobado, etcétera, deben ser procesos contratados en el país importador y nunca aquí en Uruguay para no enriquecer innecesariamente a las aduanas del mundo.

Los tratados de Libre Comercio (TLC) o la participación en el mentado TISA son las únicas herramientas que están al alcance del Uruguay para generar trabajo y dinero para sus habitantes.

Mucho tememos que los planes del canciller terminen neutralizados por aquellos que han demostrado tener el poder en este país: los comités de base y el PIT-CNT.

Rodolfo Nin Novoa ya retiró la participación uruguaya en el TISA, pero a cambio promete ir por más TLC. Son meras promesas hechas sin permiso del patrón que, aterrorizado por la libertad, sigue imaginando progresar de la mano de Argentina, Brasil, Bolivia y Venezuela.

Con esta mentalidad, el hecho que el Estado haga “nada” sería lo mejor que le puede pasar al país productivo en el próximo quinquenio. “Nada” sigue siendo la mejor respuesta a la pregunta del pícaro periodista.

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