ARGENTINA –

Una agonizante batalla libran una vez más los productores de leche. Ser o no ser tambero es la cuestión. No es de ahora, pero como todo, desmoraliza a todo el que lo vive una vez más, pero con interludios cada vez más cortos.

Los tamberos, con tambos desde 10 hasta 3000 vacas, sufren oscilaciones en el precio de la leche tan amplias y frecuentes que dejan sin aliento al más previsor. Ocurre otro tanto con las oscilaciones de los insumos. Y muchas veces como ahora, cuando el precio de la leche baja coincide con la suba del costo del principal insumo.

Las causas a veces son nacionales, otras veces internacionales y muchas, como ahora, de las dos fuentes. Las consecuencias son siempre las mismas: menos tamberos, tambos mas grandes y una lechería que pese a ser de las más competitivas del mundo se resiente particularmente cuando su limitado excedente tiene dificultades de colocación en el mercado internacional.

Nuestros tamberos tienen muy buena genética, muy buena calidad de leche, muy buena sanidad y muy buenas muchas otras cosas que se sufren costosa e irremediablemente en cada uno de estos sacudones.

¿Cómo reaccionan los tamberos ante cada crisis de precios? Gastando menos, produciendo más y endeudándose. Hasta que se llega al límite de pensar en cambiar de actividad, los que todavía tengan ganas de encarar algo. “Se me está incendiando el rancho y los bomberos me dieron turno para octubre”, me ejemplificó dolorosamente un tambero hace pocos días.

¿Adónde vieron que los tambos cambian de sistema cada vez que baja el precio? Sólo en algún país sin objetivos. Pero los tamberos quieren producir con objetivos. Saber hacia dónde van. Nunca nadie les dijo que papel jugaban en la economía nacional, ni que proporción les toca del precio final. Lo mínimo -dicen- con tal que no se afecte la salud de los otros eslabones de una cadena que, más que unir, ata y agobia al eslabón más débil.

Cada vez que un tambero se intensifica, amplia instalaciones y compra equipos, se compromete de tal modo con un sistema de producción que cambiar de sistema es más caro que salir de él. Y permanecer en el sistema a veces es un paseo por la cornisa de la quiebra.

De todo esto hay algo que tienen claro los protagonistas del sector: tambo que cierra no vuelve a abrir. Cada tanto ocurre que se abre un tambo muy grande que compra las vacas de 10 o 20 tambos chicos. Pero paradójicamente termina implementando un sistema suficientemente intensivo, costoso y rígido como para no tener margen de maniobra alguno frente a circunstancias de bajos precios como la actual.

El gobierno nacional atinó a escuchar y prontamente a implementar un precario puente hacia una discusión mejor. Y el gobierno de la provincia de Santa Fe informará a los tamberos cómo se reparten los ingresos de los productos lácteos a lo largo de la cadena.

Como en muchos otros ámbitos de la economía tenemos en nuestras manos una brasa caliente que requiere atención urgente. Un Estado activo debe determinar un valor de transacción de la leche cruda tal que dé tiempo a un diálogo fecundo y permanente. Esta brasa se avivó con las sanas medidas de eliminar las retenciones y el cepo. Pero tampoco es cuestión de no medir las consecuencias. Para los tamberos fue un golpe al golpeado. Y sabemos que vienen muchos más. El Gobierno debe corregir muchas distorsiones que se fueron instalando durante 12 años de emitir señales equívocas sobre como debíamos producir. Los tambos que se cierran quedan patrimonialmente disfuncionales. Transforma gente que vivía dignamente en el campo en indigentes de grandes ciudades. Son pymes que dejan mucha gente sin trabajo en el campo, en las provincias y en las economías regionales contrariando el federalismo que queremos conseguir.

Las claves que se desprenden de la encuesta

La mitad de los tamberos que viven en el campo tienen hijos en edad escolar. A pesar que la escolaridad es un factor clave según los datos de la encuesta no siempre es tomada con la suficiente atención. Las distancias a la escuela rural, el estado de los caminos y los horarios juegan un rol significativo.

Casi el 70% de los empleados vive en el propio establecimiento donde trabaja y de estos el 70% vive con su familia. Muchas de las crisis que suceden en los equipos de trabajo de los tambos son extra productivas y hay que buscarlas en el núcleo familiar.

Los cuatro aspectos de la tarea que más disgustan a los operarios del tambo son: 1.Barro y lluvia. 2. Temperatura, tanto de los días fríos como calurosos. 3. Horarios de trabajo. 4. Sistema de francos y descansos.

El 65% de los tamberos encuestados recomendarían su trabajo a los jóvenes, pero sólo el 36% se lo recomendaría a su hijo. Prefieren que estudie y sea profesional.

El autor es asesor CREA Luján y profesor de la Universidad de Belgrano.

Carlos González Crende
PARA LA NACION
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